martes, 7 de noviembre de 2017

¡Peligro! ya llega la Navidad

POR ANUAR SAAD
¿No ha notado que después de la lluvia hay un extraño aroma en el ambiente mientras que  los vallenatos viejos suenan en la radio y en la emisora de siempre estalla el anuncio que nos advierte que “se siente que llega diciembre”? ¿Es usted de esos televidentes minuciosos que no dejan escapar siquiera los comerciales? ¿Anhela llegar a casa después de la jornada laboral para desplomarse en calzoncillos sobre la cama y apoderarse del control remoto? Les tengo malas noticias: para esta época en especial (la del extraño aroma y discos viejos), este hábito –hasta ahora concebido como reconfortante - es muy perjudicial para la salud.
Confieso que desde el fin de semana pasado, me he declarado en franca rebeldía. Para el plan de contingencia rebusqué en mi biblioteca y desempolvé “La montaña mágica” de Thomas Mann y un ejemplar muy escaso del famoso libro de Gay Talese “Fama y Oscuridad”. Si la cosa se pone más grave, tengo los dos volúmenes de El Quijote. La idea es llegar a casa y desplomarme, no en la cama frente al televisor, sino en el balcón en el que tengo que pelear un espacio con las cuatro plantas ornamentales que mi esposa dispuso decorativamente y un gato que cree que la silla playera es suya. Me dedicaré a leer, y sólo después del siete de enero, retomaré el hábito de ver noticieros, películas y partidos de fútbol en la tele.
Y es que, créanme, que quien soporta el estrés de los anuncios que como una plaga se multiplican por estas épocas en la que una muñeca cabezona, fea y desgarbada sostiene una grabadora “que habla de verdad” y la maldita muñeca mueve su cadera de celuloide simulando bailar. Eso sí, la muñeca y la grabadora se venden por separado. La sesentona barbie exhibe su nuevo castillo y sostiene un romance con un tal Ken, un muñecote muy parecido a un artificial actor mejicano, con carro incluido y uno o dos tres ponys que mueven la cabeza. Hay de todo como en botica: un robot que se convierte en carro y un muñeco tipo supermán pero sin pantaloncillos por fuera disparando cohetes por doquier. Hay rompecabezas, armatodos, pistolas, espadas legítimas de samurái y pistas de carros que sugieren una vertiginosa velocidad y un alto costo.
Mientras la andanada publicitaria pasa, mi hija de trece años apunta con su perfecta letra cursiva en una libretita y murmura para sí que cuando creía en el “Niño Dios” el arbolito amanecía atiborrado de regalos y ahora, en cambio, “de cosa me van a traer un portátil, la Tablet y el nuevo celu” -¡Auxilioooo!- grito para mis adentros. ¿De dónde saldrá la cena navideña, las velitas, la comida y el whisky para el 7 de diciembre? ¿Qué plata alcanza para comprar los detallitos a las diez parejas y los dos adicionales de “El Golden Group”? ¿Cómo hacer para corresponder a los regalitos que los insensatos amigos y vecinos les hacen a los hijos de uno  dizque de aguinaldo creando enseguida la obligación de retribuirlos? ¡Por favor...no me regalen nada!
Sé de algunos chiquillos que no solo ven los canales de cable donde pasan los últimos y costosos juguetes, sino que, gracias a la “televisión interactiva”, graban los comerciales en sus celulares de alta gama y se los mandan por whatsapp  a sus desprotegidos padres para que ni ellos, ni “el Niño Dios”,  se confundan.

Mientras tanto, la señora de la casa hace planes para el 7 y el 24: “invitaremos a mis papás que están en Bogotá, a mis hermanas, a tu mamá, a mis siete amigas de la empresa y a diez de tus amigos periodistas esos que toman y comen por 20 sin contar al gordo Granados”.
Debo confesarles que estoy a un paso del prozac y a media noche del sanax. Mi cabeza ya no descansa sumando a cada minuto cuánto cuesta la Navidad, digo, una Navidad decente, nada ostentosa, donde uno como “cabeza de hogar” recibe en la madrugada del 25 una camisa de rayitas azules que vimos en el remate de a la vuelta (igual que la del año pasado), un par de medias negras en promoción (que pegan con todo) y una tarjetica hecha en casa por la que me tocó pagar a mí el colbón y los colores. No hay una botellita (así no sea de 12 años), una colonia, ni mucho menos un celular moderno que reemplace mi semi - destruido Galaxy de hace cuatro años con el que ando.
Pero amigos, no me paren bolas. Esto puede ser un síntoma inequívoco de la andropausia.  Pero, por si las moscas, empiecen a indagar desde ya qué le pedirán sus hijos al niño Dios, porque, de seguir las cosas así, lo que le deberían pedir es que no seamos de la familia Acosta, Ramos, Peñaloza, Herrera, Pérez…sino de la Santo Domingo. Los dejo, porque llama a mi puerta una señora vestida con una camiseta que promociona carnes frías, preguntándome si quiero separar y pagar en módicas sumas durante dos meses, un pernilito para el 24…mientras que más allá, justo en la esquina de la casa, alguien vociferea que faltan menos de 100 días para el Carnaval.


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